La historia de Sansón es una fuerte amonestación para todos aquellos que desprecian o tienen en poco su consagración a Dios. La biblia narra como un ángel del Señor se le apareció a la esposa de Manoa, un israelita devoto de Dios de la tribu de Dan, durante un periodo de opresión de parte de los filisteos que duró cuarenta años. Esta mujer era estéril. Este ángel le informó que a pesar de su esterilidad daría a luz un niño para un propósito especial de Dios, por lo tanto ella debía de llevar cierto régimen alimenticio. Ella no debía beber vino ni sidra y debía abstenerse de cosas inmundas. También cuando el niño naciera se le dio instrucción de que no se le cortara el pelo porque sería nazareo desde su nacimiento. Esta mujer contó a su marido lo que le había dicho el ángel y él pidió a Dios que les enviara el mensajero celeste una vez más para tener toda la información bien precisa de cómo debían tratar al niño que nacería. Dios contestó su oración y una vez más el ángel volvió y repitió todo lo que le había dicho antes a su mujer.

Dadas las cuidadosas instrucciones, es coherente pensar que los padres de Sansón lo educaron de acuerdo al mandato divino y se prepararon para ello inclusive antes de concebirlo. En el libro de Números capitulo 6 encontramos el significado y propósito del nazareato. Allí leemos:

“El hombre o la mujer que se apartare haciendo voto de nazareo, para dedicarse a Jehová, se abstendrá de vino y de sidra; no beberá vinagre de vino, ni vinagre de sidra, ni beberá ningún licor de uvas, ni tampoco comerá uvas frescas ni secas. Todo el tiempo de su nazareato, de todo lo que se hace de la vid, desde los granillos hasta el hollejo, no comerá. Todo el tiempo del voto de su nazareato no pasará navaja sobre su cabeza; hasta que sean cumplidos los días de su apartamiento a Jehová, será santo; dejará crecer su cabello. Todo el tiempo que se aparte para Jehová, no se acercará a persona muerta. Ni aun por su padre ni por su madre, ni por su hermano ni por su hermana, podrá contaminarse cuando mueran; porque la consagración de su Dios tiene sobre su cabeza. Todo el tiempo de su nazareato, será santo para Jehová. Si alguno muriere súbitamente junto a él, su cabeza consagrada será contaminada; por tanto, el día de su purificación raerá su cabeza; al séptimo día la raerá.” Versos del 2-9

El nazareato era una condición de apartamiento exclusivamente para Dios por un periodo de tiempo definido. El nazareo se consagraba a Dios voluntariamente y durante este tiempo no debía cortarse el cabello y tenía que abstenerse de todo el fruto de la vid y de cosas inmundas. Pudiéramos pensar que en algún momento el niño Sansón le habrá preguntado a sus padres el por qué él no podía comer uvas ni pasas como todos los demás niños lo hacían. Y no cabe duda que la respuesta de sus padres habrá sido explicándole su consagración a Dios desde antes de nacer. Pudiéramos imaginar que sus padres se sentían orgullosos de su pequeño niño y en más de una ocasión le habrán contado como un visitante divino anunció su nacimiento y les indicó que Dios lo había escogido para algo grandioso. Sin lugar a dudas le habrán explicado que no podía acercarse a cosas muertas y también el por qué no debía nunca cortarse el pelo. Dios le proveyó a Sansón padres piadosos que lo guiaron en el camino de la justicia y la verdad.

Tan pronto Sansón pudo ejercer su voluntad propia fuera de su hogar nos damos cuenta cuan  poco él consideraba todas las exigencias de su nazareato. En el capítulo catorce del libro de Jueces encontramos a Sansón yendo a tierra enemiga a buscar una esposa. Es interesante que el relato no dice que él vio una doncella o una virgen sino una mujer, dando a entender que ella le llevaba experiencia en los asuntos mundanos. A pesar del consejo de sus padres de no unirse con esta filistea, Sansón siguió adelante con su capricho. De camino a casa de esta mujer junto con sus padres para hacer el compromiso, mientras él estaba solo en el campo se encontró con un león al cual con la fuerza del Espíritu de Dios despedazó con sus manos y no contó nada a sus padres. Un tiempo después cuando volvía al matrimonio se apartó del camino para ver el cuerpo muerto del león, cosa que su nazareato se lo prohibía. Tan sagrado era este voto de consagración a Dios que el nazareo no podía acercarse ni siquiera a sus padres si morían durante su consagración. Si de casualidad alguien moría de repente al lado del nazareo, la biblia dice que su nazareato llegaría a su fin y tendría que cortarse el cabello. Pero a Sansón no le importó mucho esto y no solo se acercó al león muerto, sino que tomó de él un panal de miel que habían hecho algunas abejas entre los huesos del león. Este alimento era considerado inmundo. Por muy buena razón la biblia dice que él no dijo a sus padres de donde había tomado la miel.

Después Sansón hizo un “banquete”. En el término original hebreo esta palabra se pudiera traducir como “ocasión para beber,” lo que colocó a nuestro héroe en una fiesta donde el vino de uvas reinó por siete días. Es difícil decir que él no participó de la bebida durante su boda. Podemos ver que un mal paso lo condujo a otro mal paso sin hacer ningún esfuerzo para detenerse.  Es obvio que su consagración a Dios significaba poco para él, aun así, el relato muestra la gran misericordia de Dios para con Sansón porque con todo el desprecio que él mostró hacia su entrega a Dios, este último todavía le  contestaba sus oraciones y le manifestaba Su poder. Durante veinte años Sansón juzgó a Israel, sin embargo al parecer su curso de conducta nunca cambió. Ya casi al final de su corta vida, él se juntó con otra filistea y todos sabemos la historia.

La última cosa que parecía que Sansón todavía conservaba de su devoción a Dios, es a saber su cabellera, la menospreció con tal de agradar a una mujer que solo quería su ruina. Dalila no lo pensó dos veces para traicionarlo puesto que la recompensa que le ofrecieron era buena, además del hecho de que su pareja había causado muchos problemas en su país. Al final vemos a un Sansón ciego, esclavo y ridiculizado por los enemigos de su pueblo. La gente de la cual Dios quería que Sansón libertara a los israelitas ahora le oprimía vilmente. Sansón mató más filisteos al morir que durante toda su vida, sin embargo el triste final de este juez de Israel pudo haber sido diferente si él hubiera tomado la consagración a Dios que llevaba sobre si más seriamente.

Tristemente la historia demuestra que no importa que Dios escoja a alguien para hacer algo maravilloso, si la persona no está dispuesta a seguir el plan de Dios, él no la obliga. Pudiéramos argumentar que Sansón no pidió ser nazareo. El nazareato era voluntario y por un tiempo definido, pero en el caso de Sansón Dios determinó que él lo fuera toda su vida. Sin embargo esto era un privilegio especial que Sansón menospreció, no así el profeta Samuel que también fue nazareo y fue dedicado a Dios por su mamá desde su nacimiento también. Las vidas de estos dos grandes hombres de la historia bíblica revelan el contraste entre aquellos que se consagran a Dios de corazón y aquellos que menosprecian dicha consagración.

Hoy día, nosotros estamos en la iglesia, nos llamamos ser parte del pueblo de Dios, pero muchas veces, lamentablemente hacemos lo mismo que Sansón.  Menospreciamos el llamamiento a la santidad que Dios nos ha hecho. Nos juntamos con malas compañías, pensamos que no tiene nada de malo hacer esto o aquello, y Dios todavía tiene misericordia de nosotros. El nos muestra su bondad como lo hizo con Sansón, pero Dios no siempre actúa así. Hay un límite más allá del cual no podemos pisotear nuestra dedicación a Dios impunemente. En el caso de Sansón, cuando le cortaron el cabello Dios se apartó de él. ¿Estamos tomando en serio nuestra consagración a Dios? Este es un buen momento para reflexionar sobre nuestras vidas. 

Fotos tomadas de: comic.vine.com